Durante mucho tiempo me enojé con mi padre porque casi todas mis ideas recibían la misma respuesta: no. Yo quería abrir un local nuevo, cambiar precios, sumar productos o hacer una inversión y sentía que él encontraba una razón para frenarme antes de que pudiera empezar.
Lo interpretaba como falta de confianza. Pensaba que nunca me iba a dejar demostrar lo que podía hacer. Con el tiempo apareció una explicación menos cómoda: muchas veces yo estaba proponiendo cosas sin conocer los números completos y él ya había pagado el costo de aprenderlas.
Yo soy el acelerador. Mi padre es el freno. El problema empieza cuando cualquiera de los dos maneja solo.
Una vez quise incorporar vinos. La idea no era mala. Había espacio, combinaban con lo que vendíamos y podían mejorar la experiencia del local. Mi padre me dijo que sí y me dejó resolverlo.
Volví con una cantidad absurda de cajas. Había elegido varias bodegas y, dentro de cada una, distintas cepas. Quería tener de todo. Cuando vio la compra me preguntó qué había hecho. Él habría probado con unos pocos productos. Yo había confundido variedad con oportunidad.
Cuando una idea buena está mal medida
Los vinos se venden. Despacio, pero se venden. No fue una catástrofe y el producto no se pierde de un día para el otro. Sin embargo, el capital quedó inmovilizado durante mucho más tiempo del necesario. La misma idea, ejecutada con una prueba pequeña, habría enseñado casi lo mismo con bastante menos riesgo.
Esa diferencia aparece seguido. Yo miro cuánto podríamos ganar si algo sale bien. Mi padre calcula primero cuánto perderíamos si sale mal. Yo quiero subir un precio porque veo margen. Él conoce el punto exacto en que un cliente empieza a sentir que ya no vale la pena.
No significa que siempre tenga razón. Algunas cosas que hoy mejoraron el negocio nacieron de insistir: renovar el frente, cambiar la manera de mostrar los precios, usar pantallas y profesionalizar la comunicación. Hay decisiones que él no habría imaginado porque pertenecen a un mundo distinto al que conoció cuando empezó.
Las felicitaciones por terceros
Mi padre rara vez me dice directamente que algo quedó bien. A veces me entero por sus amigos de que está orgulloso de lo que hice. Supongo que teme que se me suba el ego. Yo, mientras tanto, sigo esperando una aprobación que quizás ya existe, solamente que circula por otro camino.
Ahora trato de leer sus negativas de otra manera. Un no no siempre significa que no confía en mí. Puede ser una pregunta mal explicada: ¿cuánto cuesta probar?, ¿qué pasa si no funciona?, ¿podemos empezar más chico?
Mi tarea no es lograr que deje de frenar. Es llegar con mejores números, separar la intuición del entusiasmo y demostrar que una idea puede ponerse a prueba sin apostar el negocio entero. La de él, quizás, sea dejarme cometer errores que podamos pagar.